Tomando las riendas de mi libertad

Somos influenciables y cuanto mejor entendamos las formas en que somos vulnerables a esas influencias, tanto mejor pertrechados estaremos para poder defendernos de ellas y ejercer nuestra libertad, la de ser quienes queramos ser, no quienes otros quieren que seamos.

Ser dueños de nuestra libertad tiene, como todo, sus ventajas y sus inconvenientes. Quizás después de tomar consciencia de los esfuerzos necesarios para ejercer tu libertad quieras precisamente la sencillez de dejarte llevar. Es una de las muchas opciones posibles y, aunque no sea la mía, creo que dejarse llevar siendo una opción consciente es mucho más interesante que dejarse llevar sin saberlo y pensando que somos dueños de nuestros actos y pensamientos.

Piensa, ¿qué es lo que te ata?

En la reflexión anterior os hablaba de fotografía, de la imposibilidad de dar una lectura única a una imagen porque aplicamos a ésta, de forma inconsciente, nuestros propios prejuicios elaborados a partir de la educación recibida, la sociedad en la que vivimos, de nuestras tendencias políticas, estatus social y aspiraciones. En realidad eso nos ocurre con todo lo que percibimos, ya sea contemplando una obra visual, leyendo un texto, viendo una película, escuchando a un amigo…

Sin embargo los factores no son puramente externos y elaborados a través de nuestra propia historia personal. En la naturaleza intrínseca del humano hay factores que nos hacen vulnerables a ciertas maniobras de persuasión (que suelen utilizar muy hábilmente publicistas, políticos y demás profesionales cuyo trabajo depende precisamente de que logren persuadirnos del mensaje que en ese momento interesa que creamos). Robert Cialdini, estudioso de la psicología social de la persuasión, recoge esos factores en sus seis reglas de la persuasión:

  1. Compromiso y coherencia: impulso de ser/parecer coherente (incluso con las propias declaraciones o posiciones expresadas anteriormente). Este factor lo utilizó con gran maestría Barack Obama en su campaña política: fomentando la donación de pequeñas cantidades monetarias a su campaña, fomentaba el compromiso de los potenciales votantes que, por coherencia, seguirían apoyándole hasta el momento definitivo de la votación.
  2. Reciprocidad: sentimos la necesidad de devolver favores, ya sean favores solicitados explícitamente o favores que no hemos solicitado pero que otros nos hacen sentir recibidos. Este factor lo utilizan de forma consciente o inconsciente muchas personas en su cotidiano, y solemos sentirnos culpables si no respondemos a esa reciprocidad.
  3. Aprobación social: tendemos a dar por válido el comportamiento cuando hay un elevado número de personas que lo sigue. Este factor es el que se potencia en las redes sociales cuando nos muestra el elevado número de personas que ha publicado, “gustado” o “retwitteado” una noticia.
  4. Autoridad: cuando alguna autoridad (en alguna materia) emite su opinión, solemos darla por buena y fiable, pero también solemos dar por válida la opinión de personajes que no tienen criterio en la materia pero gozan de un cargo jerárquico (superior al nuestro, parias mortales). Recientemente he visto como una persona cuya formación en técnica fotográfica podría cuestionarse accedía como autoridad en materia fotográfica a jurado de un concurso sólo por el hecho de ostentar la presidencia de una asociación. A pequeña escala la importancia puede ser nimia, pero es bueno que tomemos consciencia de quienes son los “generadores de opinión” y cuál es realmente su base para emitir opinión sobre la materia que nos concierna.
  5. Similitud: tendemos a confiar en la gente que nos gusta y en la gente que creemos que es como nosotros. Los recomendadores que emplean actualmente la mayoría de las redes sociales nos sugieren (o nos muestran abiertamente) qué (o quien) podría gustarnos basándose en lo que gusta a nuestros “amigos”.
  6. Escasez: sentimos apremio y necesidad ante la sensación de escasez de algo, ya sea una limitación en la cantidad (p.e. el número de ejemplares disponibles) o en el tiempo (p.e. el momento en que algo estará disponible, por tiempo limitado…). La percepción de escasez genera demanda, y no faltan ejemplos para poder ilustrarlo.

Por si estas reglas no fueran suficientes (y no se estuvieran empleando profusa y abusivamente), nuestro entorno cada vez está más lleno de informaciones, de imágenes, de textos, de… y de dispositivos que nos facilitan el acceso a todo en cualquier momento y que presuponen que sea lo que sea lo que estamos haciendo, lo interrumpiremos gustosos para atender un SMS, correo electrónico, actualización en el muro de Facebook o llamada telefónica.

El ritmo se ha acelerado, y ahora ya no nos detenemos a saborear, a desgranar ni a leer, ahora simplemente navegamos por la información saltando de un lugar a otro, sin detenernos especialmente y sin interesarnos particularmente*. No nos damos siquiera el tiempo para reflexionar.

No hace mucho experimenté una curiosa sensación con una propuesta de baile; se trataba de una música con una melodía preciosa y tranquila pero con un marcado y rápido ritmo. No seguí el ritmo sino la melodía. Y me sentí especialmente bien por haberme dado el tiempo de disfrutar y saborear ese momento, ese baile, esa música; por no haber caído en la tentación de dejarme llevar por la urgencia que se percibía en el ritmo y que sin embargo no existía. En mi cotidiano procuro hacerlo también, procuro seguir la melodía y no un rápido ritmo artificialmente impuesto.

Cuando algo irrumpe en mi melodía cuestiono si realmente va a formar parte de la música de mi vida o es un burdo intento exterior de cambio de ritmo, y soy yo quien decido. Hace demasiado tiempo que me da igual la aprobación social, que diferencio conocimiento y maestría en determinados campos de autoridad (sumado a mi insaciable necesidad de experimentar, probar y cuestionar), y que no mido el valor de las cosas por su posible escasez sino por su posible aportación a mi vida. El camino que he elegido no es sencillo, y es fácil que no te sientas nada atraído/a a seguirlo.

Pero si tú también empiezas a creer que tienes demasiadas influencias no deseadas, dedícate al menos algún día de vez en cuando para poder reflexionar sobre qué determina tus actos. Y si no tienes muchas fuerzas para hacerlo, al menos considera la posibilidad de sumarte hoy a la huelga de consumo, un día en el que puedes plantearte si realmente todo lo que consumes lo consumes por ti o porque el entorno te ha inducido a ello.

Si quieres seguir eligiendo, también puedes firmar la petición En defensa de los derechos fundamentales de internet, una carta al Ministerio de Cultura solicitando que no se apruebe la Ley Sinde en un procedimiento de urgencia sino que siga los cauces normales, con debate, participación y opinión.

* Nota: Os recomiendo la lectura del artículo Is Google making us stupid? (o de su traducción al español: ¿Google está volviéndonos estúpidos?)

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2 respuestas a Tomando las riendas de mi libertad

  1. elnomo dijo:

    Camino difícil has elegido.
    Creo que yo aún no estoy preparado para meterme tan de lleno en él, seguiré un poco aborregado, pero lo menos posible.

    A parte de todo lo explicado, creo que también hay algo de genético en el asunto de dejarse llevar o no.
    Los hay que salen con la necesidad de ser y pensar diferente.
    O al menos eso me parece a mi.

    • Núria dijo:

      Seguir el teu blog em resulta molt estimulant.
      Estimula les meves ideas, les que tenía i hauria de seguir mantenint.
      Prendre amb valentía el camí que ens porta a la llibertat com a individus és una tasca dificil i esgotadora si estàs inmers en aquest món que viu de estereotips prefabricats.
      Admiro la teva valentia Victòria.
      Salutacions

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