Lo gratuito y la pérdida de valor

Emulando las grandes series con que nos obsequian las televisiones, permitidme recordar que “en capítulos anteriores”:

Esta pequeña serie de disquisiciones sobre algunas de las repercusiones de la gratuidad aparente de servicios o productos surge del intento de entender el actual modelo de negocio de los productores y el actual modelo de elección de los consumidores. Son mis propias conclusiones en un proceso de razonamiento totalmente subjetivo, hace demasiado tiempo que mi postura está decidida (aunque con unos buenos argumentos podría cambiarla), si bien he estado escuchando y observando las opiniones y comportamientos de muchos/as otros/as antes de llegar a ellas.

Y una de las que me parecen más graves tiene que ver con el valor que percibimos de las cosas: “tanto cuesta, tanto vale”, y no sólo por el valor económico (solemos pensar que los productos más caros son mejores que los más baratos o gratuitos equivalentes), sino también por el esfuerzo que tengamos que hacer para acceder a ellos (claro, si requiere una inversión de capital importante el esfuerzo será también el de ahorrar y no darnos caprichos). Hay una cierta tendencia a pensar que lo gratuito o tiene trampa, o no tiene valor; frecuentemente pensamos que si algo se nos ofrece sin coste para nosotros es que no ha costado (ni esfuerzo ni dinero) realizarlo o conseguirlo.

De este modo hemos llegado a minimizar el valor de muchos productos, juzgando que el producto equivalente que tiene un precio mayor será de mejor calidad o simplemente mejor cuando esta regla presupone que existe realmente un “mejor” absoluto. Nada más lejos de la realidad, mejor es aquel producto que satisface la necesidad que tenemos con la inversión justa de capital, y mejor aún es el mismo producto si podemos acceder a él con una inversión menor.

Por poner un ejemplo fácil podría hablar de muchos productos informáticos que se ofrecen gratuitamente y a los que he oído referirse despectivamente a mucha gente por mero desconocimiento, pero no quiero entrar en un debate sobre el software libre. También podría citar las eternas discusiones que oigo últimamente sobre cámaras y objetivos, pero tampoco quiero entrar en ese debate en el que yo ya hace tiempo tomé la postura del producto que a mi me satisface.

Un ejemplo que a todos nos sonará es el de algo tan simple como los juguetes de los niños, esas cosas que deberían ayudar al niño a descubrir el mundo y divertirse utilizando la imaginación y que, cada vez más anulan la imaginación del niño e intentan realizar todas las tareas posibles. ¿Cuántas veces habremos visto que en la decisión de compra de un juguete para un niño haya primado la percepción de que “es mejor” porque cuesta más y porque hace más cosas que el mero hecho de valorar lo que el niño podía realmente disfrutarlo? Lo absurdo de eso es que los niños muchas veces acaban utilizando el juguete de la forma más simple o simplemente arrinconándolo para volver a algún otro cachivache que les permita realmente jugar y no ser meros espectadores.

Niños jugando con una Chivichana en La Habana

Niños jugando con una Chivichana en La Habana

A base de fomentar la creencia de que algo es mejor o peor por el coste que tiene vamos fomentando la dependencia y la falta de consciencia del motivo por el cual queremos o necesitamos un producto o servicio para pasar a fijarnos si es el percibido como de más estatus o no, y así vamos perdiendo la libertad de elegir, el placer de disfrutar del producto (porque en poco tiempo ya existe otro “mejor” en las tiendas). Poco a poco, sin apenas percibirlo, vamos dejando de lado lo que se nos ofrece gratuitamente hasta no valorarlo, hasta llegar a no tenerle respeto, porque si es gratuito, es que no cuesta nada.

Y así nos va en educación, en cultura, y en tantas otras cosas. Como es gratuito será que no cuesta nada, será que no vale nada.

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2 respuestas a Lo gratuito y la pérdida de valor

  1. Esther dijo:

    Tu relato me ha hecho recordar una anécdota que viví hace ya bastantes años.
    Unos amigos, compraron para reyes a su hijo, de dos añitos, un supermegacoche de esos que se podía meter el niño dentro y que funcionan con baterías.
    Pusieron el supermegacoche al lado del árbol de Navidad y la caja donde venía en un rincón del comedor.
    Por la mañana, cuando el niño se levantó, se metió en la caja de cartón. Fue el juguete que más le gustó, era justo como él se lo imaginaba.
    Una lección para todos.

  2. David perez dijo:

    Me ha gustado tu escrito y no puedo estar mas de acuerdo. La mayoría funciona así. Y así nos va.
    El comentario de la caja es ideal, creo que tod@s lo hemos vivido con nuestros hijos o con los de los demás, ja, ja, vaya chasco para el padre- regalante, ja, ja, ja… Tendrá esto algo que ver con aquello del “buen salvaje”…

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