Lo gratuito y la pérdida de profesionalidad

Si ayer andaba a vueltas con los objetivos ocultos tras esas empresas que nos ofrecen gratuitamente servicios en la red, la continuación no podía ser otra que darle vueltas a cómo hemos cambiado en nuestros hábitos de consumo a partir de tanto maná caído de la red. No es que por edad sea un dinosaurio, pero hay que ver cómo ha cambiado el patio desde la segunda mitad del S.XX a ahora.

Vale, el contexto social y económico es totalmente distinto, no acabamos de superar una guerra de varios años en terreno propio y una guerra mundial, no está todo por hacer, sino que partimos de un contexto en el que nosotros tenemos paz (nosotros, porque hay países por ahí que están embarcados en guerras y demás luchas) y exceso de productos para darnos los más insospechados caprichos y placeres (a costa de no poder encontrar ni por asomo algunos de los productos que antes eran habituales, aunque sigan siendo útiles… pero esa reflexión mejor la dejo para otro día). Venimos de una época de bonanza (que ya no estamos en ella) en la que empezaron a idearse y ponerse al alcance de todos productos que nos facilitaran la vida, o al menos que nos dieran la ilusión de ello.

Nuevamente el factor clave en lo que viene a continuación es la popularización de la informática doméstica, un gran adelanto que ha permitido aunar en un único cacharro las funciones que antes requerían varios (máquina de escribir, calculadora, cuadernos, cadena de música, juguetes, etc…) si no eran absolutamente impensables. Se ha popularizado las herramientas y con ello cada vez más personas tienen acceso a campos que antes les eran vetados. Y con la popularización de la herramienta (y la falacia de que “basta apretar un botón” ya introducida por Kodak a finales del siglo XIX y que ha sido tendencia en años posteriores) ganamos y perdemos. Ganamos porque hay algunos pocos individuos excepcionales que, gracias a la facilidad de acceso de la herramienta, han podido mostrarnos un trabajo magistral que de otro modo hubiera permanecido oculto; perdemos porque el porcentaje de tales genios es ínfimo y se ha instaurado en nuestra cultura la creencia de que cualquiera que posee la herramienta ya es maestro en cualquier campo.

En una master class del fotógrafo José B. Ruiz oímos la siguiente historia:

Un hombre llama a casa de su vecino muy ufano y le dice:
– Soy pianista
El vecino, sorprendido, le pregunta acerca de su habilidad pues tras varios años de vecindad nunca había oído ni una sola nota procedente de su piso, a lo cual el hombre responde:
– Acabo de comprarme un piano

Dicho de ese modo a muchos nos hace sonreírnos, llegamos pensar que es una bonita ilusión que, por poseer un instrumento musical uno pueda considerarse intérprete, pero la realidad nos muestra que si cambiamos piano por otras herramientas es una circunstancia con la que nos topamos a diario. Cierto es que dada la pobre calidad de las enseñanzas regladas puede llegarse a ser un gran profesional en cualquier área sin pisar un centro educativo, pero al menos habrá que conocer el campo en el que se va a desarrollar la actividad, leer y estudiar mucho acerca de las técnicas que se emplean habitualmente, practicar mucho para adquirir soltura y seguridad en la práctica…

Pero al final un profesional que ha invertido un buen número de horas (y muy posiblemente también un capital nada menospreciable) en adquirir las habilidades necesarias para desarrollar una actividad, querrá un justo pago por sus servicios acorde a su maestría. Y aquí es donde empiezan los conflictos, porque si algo hemos aprendido en este país es a intentar aprovechar las oportunidades y las gangas, menospreciando el trabajo concienzudo y bien hecho, y así es frecuente ver que se solicitan trabajos a personas poseedoras de herramientas, que no conocedoras de su oficio.

Sin duda no debemos ser el único país que promueve este modelo de bajos costes aparentes (sigo convencida que, a la larga, los costes son muchísimo mayores que haber pagado al profesional desde el primer momento) e inventamos nuevas formas de contratación como los concursos, una bonita manera de que los propietarios de herramientas trabajen y opten a tropel por un trabajo al cual no se presentarán profesionales puesto que nadie les paga por el tiempo invertido de no resultar elegidos. Efectivamente es una forma en la que podríamos descubrir un talento oculto, pero las probabilidades de que eso pasen son tan escasas que deberíamos valorar el perjuicio que causamos con esos comportamientos a los campos profesionales de los que buscamos servicio.

¿Profesional trabajando en un tejado?

Y no quiero decir con esto que muchos profesionales no se hayan ganado a pulso el trato que ahora reciben, que a base de cobrar honorarios astronómicos y dar un servicio/producto más que cuestionable, han conseguido que el consumidor prefiera la inversión de tratar con inexpertos a la de tratar con supuestos profesionales.

Claro que para acabar de rematar la situación está esa concepción de que todo lo que es digital o digitalizable (documentos, imágenes, audio, video…) es gratuito, despreciando el trabajo de las personas que han hecho posible el producto. No me refiero a que escuchar una canción o disco de un artista para luego decidir que es maravilloso y comprarlo (o que es un bodrio y olvidarlo) sea cuestionable, me refiero a esa sensación de que las empresas informáticas, los artistas, los editores, los… trabajan para que unos pocos paguen el coste, la SGAE se lleve la mayor tajada (son ellos los que cobran los cánones sobre soportes, no los productores que, irónicamente, pueden llegar también a pagar el canon y no recibir ni un céntimo de los supuestos derechos gestionados por esa entidad). Si nos gusta una canción, una película, utilizamos un programa, disfrutamos con una obra… sería bueno recompensar a los que han hecho posible que llegara a nosotros, así que no seamos tacaños y agradezcamos a los creadores sus obras. Algunos hasta las ponen a disposición de forma gratuita, por lo que podremos recompensarles eligiendo el mecanismo (que no tiene porqué ser monetario), pero hagámoslo… es de bien nacidos el ser agradecidos.

Y si algo nos importa lo suficiente como para querer un trabajo bien hecho, no llamemos al sobrino de la vecina que me han dicho que de esto sabe (a pesar de tener 10 años), llamemos al profesional que será el que hará el trabajo con pleno conocimiento de causa.

Apostilla: y si somos el profesional, y tenemos la suerte de que nos llamen, no juguemos a ser un artista incomprendido, un consultor de alcurnia u otros papeles que no llevan más que al descrédito de la profesión.

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2 respuestas a Lo gratuito y la pérdida de profesionalidad

  1. Esther dijo:

    Es cierto que aunque la mona se vista de seda, mona se queda. De esto no hay duda. Un trabajo profesional se distingue por su calidad y el precio debería estar justificado. El abuso ha hecho que prolifere la picaresca a todos los niveles e internet permite que las ideas corran por toda la red.
    Claro que por comprarse un piano no se convierte en pianista, pero seamos positivos, si le gusta mucho, quizás llegue a aprender y aunque no pueda nunca llegar a dar un concierto en un teatro, lo mismo sí que puede animar la fiesta del barrio y ya le compensa 😀

  2. Pingback: Lo gratuito y la pérdida de valor | inconsciencia consciente

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